Roger Federer, abatido, minutos después de caer con Djokovic.

El día que el tenis fue un poco injusto

Casi nueve meses atrás Roger Federer quebraba el servicio de Novak Djokovic por segunda vez en el quinto set y se encaminaba hacia un nuevo título. La tensión era extrema y los nervios se multiplicaban hasta en los lugares más recónditos del planeta. Lo que estaba en juego no era simplemente un título, era mucho más que eso. Era el noveno en Wimbledon, el 21° de Grand Slam. Era tomarse revancha ante un rival que le prohibió festejar en 2014 y 2015, y era una nueva demostración de vigencia, porque ganar en Londres ¡21 años después de su debut! y habiendo eliminado a Nadal en semifinales era un hito histórico en sí mismo.

Con el tanteador 8-7, Roger se puso 40-15 tras conectar dos aces y un tiro ganador. El All England Club rugía, las gradas se venían abajo como pocas veces se había visto en un partido de tenis y la emoción del público, ansioso de ver a Federer a sus casi 38 años conquistar otro Wimbledon, era realmente conmovedor. La historia estaba a punto de escribirse pero todo cambió…

Roger Federer levanta el trofeo de subcampeón.
Roger Federer levanta el trofeo de subcampeón.

El otro protagonista no era cualquiera: se trataba de Novak Djokovic, el número uno del mundo y tercer máximo ganador de trofeos grandes. Quizás sea su leyenda lo único que explica cómo el partido acabó de la manera que lo hizo. El hombre de Basilea estaba intratable, seguro, aislado del entorno que lo rodeaba y nada hacía pensar que el encuentro podía escaparse de su control.

Pero a veces, como lo fue aquel 14 de julio del 2019 con Federer, el deporte se comporta de forma ingrata y cruel, incluso con tipos como el suizo, que hizo del tenis un arte y lo llevó hasta límites inimaginables. El expreso suizo dominó el desarrollo del partido, superó al serbio en puntos ganados (218 a 204), en tiros ganadores (94 a 54), quebró en más oportunidades, convirtió más aces, cometió menos dobles faltas y mantuvo un porcentaje más alto de primeros servicios.  Pero claro,  tres tiebreaks, 10 errores no forzados más que Djokovic (62 a 52) y ese fatídico 40-15 lo dejaron sin nada.

FEDERER: “ESPERO OLVIDAR EL PARTIDO PRONTO. NO SÉ LO QUE SIENTO AHORA, SOLO SIENTO QUE HA SIDO UNA INCREÍBLE OPORTUNIDAD PERDIDA. ES ALGO QUE NO PUEDO CREERME”.

Increíblemente el serbio rescató los dos puntos de partido, quebró el servicio del helvético y le arrebató el torneo tras imponerse en el tiebreak final. La tristeza invadió al mundo entero porque para esa altura el compromiso había captado la atención de todos, hasta la de aquellos que habitualmente no tienen interés por el tenis y que en esa oportunidad estaban atrapados detrás de las pantallas comiéndose las uñas.

Ver a Federer al borde de las lágrimas por el sabor amargo de la derrota, con el plato de subcampeón en la mano y el rostro encabronado, casi incrédulo con lo que acababa de suceder, será una imagen que perdurará en el tiempo y tardará, si es posible, en cicatrizar. Su Majestad demostró que es una persona de carne y hueso; nos enseñó que hasta los más grandes pueden sentir presión en etapas decisivas y que nadie, ni siquiera él, posee el don de la invulnerabilidad.

“ESPERO PODER DARLE LA FE A OTRA GENTE DE QUE A LOS 37 AÑOS NO TODO ESTÁ ACABADO”.

¿Habrá sido la última oportunidad del suizo de estirar su leyenda y ganar otro Grand Slam? Esa fue la pregunta que segundos más tardes de la enganchada de Federer que le dio el título a Nole pasó por la cabeza de los cientos de miles de fanáticos y los sumergió en una desazón sin precedente. En fracción de segundos, la historia adoptó el rumbo menos esperado y los estados anímicos, tanto de los protagonistas como del público, mutaron de repente. El regocijo y la euforia se transformó en bronca y escepticismo. La alegría se desmoronó y dio lugar a la tristeza. ¡Qué mala suerte tiene Federer!, escribían muchos en sus redes sociales.

Y aunque catalogar al suizo -exitoso por donde se lo mire- como “una persona sin suerte” parezca exagerado y desatinado, esa fue la sensación que dejó la gran final de Wimbledon. En rigor de verdad, esto es lo que genera (y muchas veces no puede explicarse) en los amantes del tenis y del deporte en su conjunto la figura de Roger Federer: una persona sencilla, profesional, caballero, querido en todas partes del mundo y por sobre todas las cosas un ejemplo del buen ser humano.

Es que para muchos, niños y adultos, mujeres y hombres, deportistas y no deportistas, El relojito suizo se transformó en una especie de Dios al que todos siguen y tratan de imitar. Aquella vez, el destino quiso que sea Djokovic el vencedor en una final electrizante (la más larga de la historia) pero seguramente, también el destino, le tendrá preparada una próxima oportunidad.

 

Agustín Cabreros.

 

 

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