Nuestro némesis amado

Para aquellos que crecimos al compás de un superhéroe con raqueta, que con sus pasos elegantes y golpes mágicos nos hizo creer que era insuperable, hoy es un día especial.

Es que hubo una vez que a ese ser inmaculado, que veíamos hecho a medida de nuestros sueños, le apareció un enemigo implacable. Impactaba su contraste: de pelo largo, pantalones raros y movimientos algo menos sofisticados, a sus pies lo vimos caer una y otra vez.

A medida que nuestro héroe se volvía carne, humillado en alguna ocasión hasta el llanto humanizante, el villano se ganaba el odio de los que jurábamos lealtad eterna al Rey Roger.

Mentiría alguno de sus fieles si dijera que no celebró alguna vez una despedida temprana de algún torneo grande, algún infortunado pero oportuno calambre en una definición, o simplemente una derecha a la red.

¿Por qué será ahora, entonces, que ese adolescente hoy ya hecho hombre, mira al Némesis Rafa levantar su segundo título de Australia y no hace otra cosa más que sonreír de gusto? ¿Por qué ahora, cuando se acaba de estrenar ese capítulo que todos sabíamos que llegaría, pero lo negábamos hasta el hartazgo? ¿Por qué ahora, cuando Nadal ha dejado a nuestro Rey desnudo, sin trono ni corona?

Rafael Nadal se ha convertido hoy, probablemente, en el tenista más grande de todos los tiempos. Por supuesto que todavía hay barro para las interpretaciones, donde también juegan las preferencias personales y además los parámetros a tener en cuenta para definir al GOAT no están demasiado claros. Sin embargo, algo es indudable: el mayor de los Federistas hoy festeja la victoria de Rafa.

Su legado es tan inmenso que no queda otra que animarse a amarlo. Lo vimos levantar ese primer Roland Garros cuando tenía apenas 17 años, lo vimos crecer, y vimos, sobre todo, como pasó de ser el malo de la película al más bueno de todos.

Su gesto siempre cordial, su respeto impoluto al tenis y sus modales. Sus armas nobles para ganar y ganar, de la manera más blanca posible. Sin enfados que recordar, ni broncas expresadas con raquetazos al cemento. Y con un nivel de tenis que dudamos en volver a ver algún día.

Nadal ha levantado la bandera del deporte lo más alto que se haya podido jamás. No sólo se convirtió en el más ganador de todos sino que logró escaparle a su sombra. El Rod Laver Arena le regaló hoy la ovación y los aplausos que siempre mereció. El tenis se rindió a sus pies como nunca, y así promete permanecer por la eternidad.

Es que en nombre de nuestro Rey, sólo podemos decir que amamos a nuestro Némesis Rafael Nadal.

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